El Templo Blanco de Chiang Rai es famoso por su brillo cegador y por mezclar budismo con estética pop.
Pero hay un rincón más silencioso: tres niños de piedra, con boca, ojos y oídos cubiertos, que reinterpretan a los “tres monos sabios”.
En un lugar pensado para sacarte del barullo mental, estas figuras resumen un manifiesto sencillo: proteger los sentidos para no caer en el caos.



Historia y contexto del Templo Blanco
El Templo Blanco, cuyo nombre común es Wat Rong Khun, es obra del artista tailandés Chalermchai Kositpipat.
Empezó a levantarlo en 1997 como proyecto personal, autofinanciado y en constante construcción. No es un templo clásico al uso: es una instalación espiritual contemporánea donde la simbología budista convive con recursos visuales de hoy.
El blanco simboliza la pureza del Buda; los fragmentos de vidrio incrustados reflejan la luz y representan la sabiduría que todo lo ilumina. El conjunto brilla como si fuera porcelana, pero es yeso blanco con espejo molido que hace de prisma en pleno trópico.
Estos detalles no son capricho estético: son la tesis de Kositpipat, tal y como recogen descripciones y crónicas recientes del lugar.


El Templo Blanco es también un relato abierto: buena parte del complejo se concibe a largo plazo, con zonas que podrían terminarse en décadas.
Su “puente del ciclo del renacimiento” y la “puerta del cielo” te llevan, literalmente, de lo profano a lo sagrado.
Los exteriores deslumbran; el interior del ubosot (sala de ordenación) sorprende con murales que insertan iconografía pop para hablar de moralidad y ego, una lectura que medios de arquitectura y guías culturales han explicado con detalle.
Los tres niños sabios: budismo aplicado a la era del feed infinito
Las tres esculturas de la serie, con boca, ojos, oídos tapados, toman el gesto de los “tres monos” y lo aterrizan en clave budista. No son animales; son críos. Y no están anclados al suelo; meditan sobre una esfera.
La imagen es potente: inocencia y equilibrio. El mensaje, directo:
- Taparse la boca: práctica de Recta Palabra. En el budismo, este precepto del Noble Sendero invita a evitar la mentira, la difamación, el insulto y el chismorreo inútil.
Es disciplina vocal, no censura; es un filtro para no añadir basura al mundo. - Taparse los ojos: contención de los sentidos. No es “no mirar nada”, es no alimentar la mente con estímulos que encienden la codicia, la ira o la confusión.
La idea se conoce como indriya-saṃvara en los textos pali: moderar los seis sentidos como base ética. - Taparse los oídos: protegerse del ruido y la negatividad. En 2025 el ruido ya no viene solo del mercado: entra por notificaciones, audios, timelines. El gesto recuerda que se puede elegir qué escuchar para no vivir en modo reacción.
La tradición budista lo considera un entrenamiento de atención y compostura.
La esfera bajo cada niño añade una segunda lectura: cuando domas los sentidos, te elevas un palmo sobre el caos, no porque el mundo se calle, sino porque tu respuesta ya no baila al compás del ruido.
Una tarde en el Templo Blanco
El sol de Chiang Rai pega bajo. El Templo Blanco chisporrotea con cada paso, espejo contra espejo.
Caminas entre manos que salen del suelo y dragones que parecen de azúcar. De repente, sombra: un toldo, bancos, silencio. Ahí están los tres niños, redondos y quietos, como si los hubieran dejado en “modo avión”.
Se te ocurre abrir Instagram para grabarlo, pero la mano que tapa la boca te mira sin ojos: “¿de verdad vas a narrarlo todo?”. Guardas el móvil.
Pasan dos turistas, cuchichean. El de los oídos cubiertos te sugiere otra cosa: escuchar el zumbido de las cigarras, el roce de una escoba, un murmullo de rezos al fondo.
Hay una ráfaga que trae olor a incienso. Por un momento, el Templo Blanco deja de ser postal y se vuelve práctica: tres gestos, una pausa, un respiro.

Curiosidades y detalles
- No hay dorados. En un país de templos áureos, el Templo Blanco se planta en un color níveo. La elección es teológica y estética: pureza y luz que refleja, no que absorbe.
- Obra viva. No está “acabado”. Kositpipat lo concibe a décadas vista. Es un proyecto en proceso, como la práctica espiritual que predica.
- Pop con propósito. Dentro se citan superhéroes, películas y símbolos del consumo. No es “frikada”: es crítica al ego y a la distracción masiva, según artículos recientes.
- Cristales que piensan. El espejo molido no solo brilla; te devuelve tu cara. Verte en la pared, aunque sea difuso, te recuerda que la batalla es contigo.
- Sentidos en plural. En budismo clásico se habla de seis sentidos: vista, oído, olfato, gusto, tacto y mente. Por eso “proteger los sentidos” incluye también lo que pensamos.
Cómo mirar el Templo Blanco
No vamos a hablar de horarios ni tarifas. Este es un monumento, sí, pero también un espejo. Algunas pistas para una visita lenta:
- Camina como si cruzaras un puente mental. El recorrido del Templo Blanco, del ruido profano a la serenidad del ubosot, funciona mejor si te das permiso para soltar conversación, fotos y multitarea.
- Quédate un rato con los niños. Observa cómo el gesto cambia según tu estado. Si vienes quemado, el de los oídos te parecerá anticanciller del WhatsApp. Si vienes en modo cotilleo, te picará el de la boca.
- Haz un inventario sensorial. ¿Qué ves además del blanco? ¿Qué suena además de tu mente? ¿Qué temperatura tiene el aire?
Vamos cerrando por hoy…
El Templo Blanco es un destello y una pregunta. Espectáculo en blanco y espejo que te pide bajar el volumen.
Los tres niños sabios te invitan a hacer algo radical en el presente año: hablar menos desde el ego, mirar menos desde el deseo y escuchar menos ruido.
¿Te pasó algo ahí? ¿Cómo lees esas tres figuras en tu propia vida o en tu escena local? Déjanos tu anécdota abajo.
Y si te van las mezclas entre espiritualidad y cultura urbana, pásate por nuestra crónica de Rawai y por nuestro viaje a las gradas búlgaras: verás cómo también allí hay ritos, símbolos y multitudes.
